domingo, 6 de septiembre de 2015

Otra entrega de los trabajos de escritura, Un padre estricto, de Elena Leguia

Esta nueva entrega de los trabajos de mitad de año, da lugar al muy buen trabajo de Elena Leguia, escritora, arquitecta, lectora apasionada. Cronista social de nuestra mesa.
Aguda en la escritura, con manejo de la ironia, yo siempre le pido escribí mas que me encanta.-
 
 
Un padre estricto

 
Tuve que levantar la vista del libro que tenía en las manos para ver de dónde provenía ese olor tan penetrante.

Vi, en otra de las mesas de la vereda del bar, muy cercana a la mía, a un hombre vestido de traje, que fumaba un habano y tomaba un café.

 
El hombre hablaba por teléfono a un volumen bastante alto, en seguida reconocí el acento y podía entender perfectamente. lo que estaba diciendo.

Por lo que pude inferir, hablaba con su hijo. Aparentemente, el chico había agredido de alguna manera a un amigo, que era el hijo de alguien importante, y el padre estaba molesto.

Escuché el discurso del padre al hijo, lleno de grandes palabras como “generosidad”, “respeto” y “empatía” entre otras similares.


Mientras hablaba lo veía enarbolando el habano en su mano como un gran dedo mayor hacia todos los que lo rodeábamos, traté de no tomarmelo de manera personal, supuse que era su actitud ante el mundo entero, pero me asombraba lo poco que combinaba con el discurso.


No pude evitar imaginarme la cara del chico del otro lado del teléfono, desviando la mirada hacia el techo, mientras se mordía el labio inferior con un bufido. Sonreí sin darme cuenta.
 
Zanjó el desacuerdo con algo así como:

— ¡Y ahora mismo vas y le hablás de frente, como un hombre, que es lo que sos! Nada de esconderse como una nenita, eh?

No pude llegar a discernir qué parte de toda esa frase me resultó más ofensiva.


Cuando cortó pensé en decir algo, sentía el calor de la indignación subir por mis venas a borbotones, pero cuando estaba por hablar, vi como le cambiaba el semblante y su cara se ponía blanca como el plato con las medialunas (o croissants, como les dicen acá) mordisqueadas que tenía delante.

Miré en la direccion que me indicaban los ojos desorbitados del hombre, esperando encontrarme como mínimo al jinete sin cabeza, pero solamente vi un grupo de hombres vestidos de azul con insignias del FBI que hablaban en voz baja con el conserje.

Ya me había pasado un par de veces durante ese viaje haber lamentado no hablar el idioma, en este caso no era necesario, se podía leer la conversación perfectamente en las caras y los gestos.


Caminaron hacia los ascensores del hotel.

El hombre hablaba de nuevo por teléfono, esta vez en volumen apenas audible.

Mientras terminó su café vi pasar a los de azul, en dirección contraria, acompañados de varios tipos esposados con cara de dormidos, algunos todavía con marcas de las sábanas en la cara, otros con el pelo mojado, como recién salidos de la ducha, era un desfile bastante entretenido.


Cuando se fueron, el hombre pidió la cuenta y salió caminando con la solapa del saco levantada y las manos en los bolsillos.

Lo miraba mientras caminaba por la vereda, su imagen se hacía más pequeña a medida que se iba alejando hasta desaparecer.

El sol ya iluminaba con más fuerza y se podía sentir el clima de primavera.
Llamé al mozo, pedí otro té y retomé mi lectura.

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