miércoles, 23 de julio de 2014

"Abuela, madre, hija", por Beatriz Blejman


                                
  
Enfrentó la tarea como si no tuviera cincuenta años. Ya le tenía preparada el agua tibia con sales relajantes en la bañera.  Ayudó  a su madre a levantar la pierna, despacito la fue sentando, la convenció de que  esto la ayudaría a relajarse y a mitigar  tanto dolor. Sacarla de allí, levantar ochenta kilos y ochenta años fue todo un   esfuerzo para sus lumbares. Interiormente se reía recordando esas épocas no tan lejanas en que su  madre insistía en decir  que ella era una nena débil.  La  siguiente  vez, probó a bañarla bajo la ducha. El box de la ducha era suficientemente amplio como para que entrara una de las sillas verdes de la cocina; ahí la sentó mientras dejaba que el agua la recorriera. Después con paciencia y meticulosidad,   la secó y la llenó de crema corporal por entre cada pliegue y cada arruga reseca de toda su gruesa humanidad.
Aquellos momentos de intimidad dieron un fruto inesperado. Confesiones marchitas dentro de un corazón enmohecido, penas ancestrales arrastradas por décadas; aquella mujer de tono fiero, plantada agresivamente ante la vida y las personas, la que controlaba cada movimiento de la familia, la que siempre encontraba un defecto, tenía  secretos  nunca confesados, casi destinados a morir con su hosca personalidad.
El diagnóstico había sido tajante, le quedaban pocos meses, era un cáncer muy agresivo. Hacía dos años que ella se quejaba de dolores en la espalda y recorría traumatólogos y kinesiólogos. Pero no estaba allí su mal; el dolor corría  imprevisible y se irradiaba. Sus hijos se pusieron de acuerdo, la llevarían a un oncólogo o a varios para constatar el diagnóstico sin decirle cuál  era la especialidad  del médico, y escucharían a solas sus veredictos. Como si a esta mujer pudieran ocultarle algo. Ella en cambio, le ordenó –ya que ella no pedía ni rogaba- a su hermana médica, que le diera lo necesario para acabar con su vida sin sufrir más dolor que el que ya soportaba.  Su  negativa fue seguida de un no me servís para nada.
Había vivido sola desde la muerte de su marido. Los hijos decidieron ponerle  una mucama que se quedara a dormir pero la morfina le traía  alucinaciones que  la hacían volverse en contra de su empleada. Las corridas nocturnas a su casa se sucedieron y esa  hija, que se ocuparía de bañarla, tomó la posta, iría un tiempo a su casa, después verían.
Entonces los espejos empañados del baño recuperaron a aquella Perla de fina piel transparente, cabellos rubios, ojos celestes y pestañas blancas que tenían que pintarle para permitirle una mejor visión. Revivió sus tardes de juegos infantiles, cuando hurtaba con sus primos los frascos de arenques preparados por su mamá y se daban grandes panzadas escondidos debajo de la escalera del patio de su casa de la calle Victoria.  Cómo disfrutaba, ya de adolescente, ir en bicicleta hasta el Club de Gimnasia y Esgrima, para jugar al tenis. Lo bien que montaba  a caballo durante las vacaciones en las sierras de Córdoba. 
Madre e hija dialogaban entre risas y llantos.
-hija, ¿te conté que el día que mis padres se casaron, mi papá se jactaba de tener cuarenta centavos en el bolsillo? Esta hija ya sabía del coraje de su abuelo  José, él mismo  le había contado como huyó de su casa a los quince años. También le había contado como llegó hasta Copenhague y se introdujo como polizón en un barco que llegó a Buenos Aires. Se ufanaba de haber huido de los progroms, del hambre, de las  guerras que lo hubieran tenido como un muerto más.
La hija le pidió que le hablara de Sara, su abuela, a la que no conoció. La voz de Perla tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas. Perla  en ese momento pasó a ser una  hija, una   hija que necesitaba  a su madre.
Sara, también había llegado en un barco, a los quince años.  La habían mandado sola a la lejanísima Buenos Aires, donde ya vivía una hermana mayor casada. Sara no tuvo tiempo para añoranzas, cuando llegó a esta tierra, su hermana le ordenó barrer, limpiar y cocinar para toda su familia, con eso se ganaría el pan y la cama.  Tenía tanto trabajo para hacer que sus palabras y sus lágrimas  quedaron dentro de su garganta  entretejiéndose con sus células, desflorando a  sus cuarenta años en un cáncer impiadoso.  
Y entonces ocurrió:
                                    Aquella atmósfera húmeda y caliente
                                                                    logró traspasar su coraza.
Perla titubeaba.
                                Una fuerza poderosa la obligaba a bucear sin censura.  
Ella había crecido  rebelde y firme en sus convicciones. Y un día, estaba con Sara, su mamá, en la puerta del zaguán para abrirle  la puerta al tío, el marido de su hermana mayor. Perla advirtió un pequeño gesto: la mano de él tocaba el cinturón del batón materno. Una sutil actitud que derivó en una debacle familiar.
 A solas, la madre le confesó que cuando llegó al país su hermana se la apropió como sirvienta y que su marido abusaba de ella.
Más tarde Sara,  había conocido a José,  obrero en la fábrica de camas de hierro  de su cuñado. Nunca le pudo confesar a su marido nada de todo aquello, menos aun cuando se convirtió casi en  socio de su cuñado.
Ella  no era de quedarse quieta. Nunca explicó su extraña conducta,  porque nunca develó el secreto que su madre le confiara. Siempre pasó por ser una niña loca, una mandona insoportable que separó las familias, y que no dejó entrar más al tío a su casa.
En la familia nadie la perdonó. Ella tampoco perdonó a nadie.
Liberada de los secretos. Se acababan las tristezas.
                          Ahora podían llorar juntas.
 Su hija le otorgaba todos los perdones.
                                                                   Quedaba poco tiempo.
                                                                             Pronto su madre podría cobijarse con Sara.
BEATRIZ BLEJMAN, JULIO DE 2014
 

"Y después, que se jodan los otros!", por Florencio Casas


Y después, que se jodan los otros!
por Florencio Casas
 
 Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

J. D. Salinger

Un suicidio te puede levantar cualquier muerto. Te gustaba cómo venias llevando el relato hasta ahora pero te perdiste y se transformó en un camino sinuoso, le falta sustancia y  que lejos estás de un buen final. Es el momento para el viejo recurso del suicidio. Ya está, el cuento se termina en una línea y la sorpresa te exime de cualquier inconsistencia.

Con el plus de que todo lo que dijo o hizo el suicida en su último día le da otra luz al relato:  como con Ramirez, el que vivía enfrente de mi casa.

El tipo era un amargo, depresivo. Estaba enfermo de cáncer. Pero ahora que me acuerdo hacía ya varios años que le habían hecho la  quimio ¿Seguiría enfermo?

Estaría llegando a los setenta años y estaba juntado con Emilia.

Una tarde lo visita un amigo. ¿No era año nuevo?  ¡Qué hijo de puta!  Sí, era un primero de enero. La cosa que les pide a su mujer y al amigo que vayan a comprar helado.

Inocentes, van a comprar helado.  Ramirez era pintor y escultor, bueno, es una forma de decir, ¿Quién es pintor y escultor o simplemente mancha un lienzo cada tanto o suelda unas chapas? No sé. Para mi hacía unas cosas horribles, unos payasos tristes, unas escenas de jesucristos torturados. El problema no eran los motivos, el tema era la espantosa combinación de colores y trazos que lograba. Lo único que me atrajo un  poco de las cosas que hizo era un perro de hierro que parecía un cocodrilo. Todavía está en una especie de techo bajo del frente de la casa. Se ve que no lo pudieron sacar.

No va el tipo y se cuelga de un limonero que tenía en el patio. No estamos hablando de un parque con un montón de árboles, no, era un patio chico, lo único que entraba era un limonero. Y ahí se colgó y se ahorcó. Era grande, robusto, seguro que pesaba más de 100 kilos. Que inconsciente elegir un limonero!, y ¿si se rompía la rama? Pero sobre todo la desproporción, esta claro que de arte no entendía nada, retiro lo dicho, ma’ que pintor, ni escultor: Un chapucero! Un hobbista chapucero! Que imagen tan decadente, semejante hombrazo colgado de un limonero.

Y ahí llega Emilia con el amigo. Un año nuevo más, repitiendo la tarde aburridísima de todos los años, pero estarían contentos porque traían helado y quién no se pone contento cuando va a tomar un helado. ¿Lo habrán llamado? – Ricardo, llegamos! 

Y apenas entraron en la cocina lo tienen que haber visto, porque la ventana de la cocina daba al patio: ¡Qué desagradable! ¡Qué susto se debe haber pegado la vieja!
¿Con que detalle habrá terminado este cuadro macabro? ¿Estaría en piyama? ¿En musculosa y calzoncillos?

Dentro de todo una buena para Emilia, a media cuadra de mi casa hay un puesto policial. Los canas vinieron enseguida. Igual hicieron barullo como les gusta a ellos. Estacionaron un par de patrulleros en la puerta y al rato cayó la ambulancia. Lo tuvieron que bajar entre cuatro, con el calor que hacía!!!

Ramirez vaya a saber si por maldad, negligencia, o lo más probable, por improvisación dijo:  Yo me mato así  y después, que se jodan los otros.

En la cuadra los vecinos buscaban razones:

- La hija no le hablaba

- Estaba quebrado

- Era impotente y tenía alergia al viagra.

¡qué falta de respeto! ¿Cómo invadir la privacidad de esa manera?

Elegir la propia muerte, el suicidio, es una decisión suprema. ¿Hay elección más personal?

Yo jamás me metería con  los motivos. Pero guarda, tampoco vale todo, hay que prestarle atención al cómo. Sobre todo en esta época en que no importa el contenido sino la forma.

Toda la elección estuvo mal, no era ni el día, ni el lugar, ni el método. ¿Qué culpa tenía el limonero? Pero después de lo que pasó Emilia lo iba a tener que sacar ya que todos los días le iba a traer el recuerdo. Y el amigo, anda a saber de dónde había venido el pobre tipo, no se le hace eso a una amistad.

Para mi madre el suicidio era uno de los peores pecados. Un pecado que Dios no perdonaba y dejaba al tipo perdido en el limbo por toda la eternidad. Para mi es como con otros temas, ¿bien? ¿mal? ¿Qué se yo? Todo depende del ámbito y sobre todo de la medida.

Cuando visitaba a mi padre hubo muchas veces en que me imaginé que lo iba a encontrar muerto. Nunca pasó, hay gente que se queja mucho y se suicida poco.

Pero volviendo a mi vecino, me intriga saber qué pasó con el helado, ¿lo habrán metido en el freezer? O encima de todo el bajón se les derritió. Y Ramirez, ¿Qué gusto habrá pedido? Seguro que el hijo de puta pidió helado de limón.

"La rifa", por Marcelo Gouiran


LA RIFA
 
 
por Marcelo Gouiran
Un tema que guardo con gran cariño por lo mucho que me divertía y por el dinero que me procuro, fue cuando tuve mi primer trabajo.   Este fue en una enorme Compañía de Seguros, tenia solo dieciocho años.  El salario que me pagaban era muy magro para mis ambiciones de tener buenas pilchas y buenas compañías femeninas. 

Elucubrando una tarde que mi jefe estaba de reunión, pense que podría tener una entrada extra haciendo un negocio que a nadie podía hacerle mal y que a mi me brindaría un benefició interesante. El mismo consistía en “RIFAR MI SALARIO”. Llegue a esta conclusión haciendo estos números muy sencillos; la Compañía de Seguros, tenía un personal total de 250 empleados. El salario promedio –salvo los Gerentes y Directores- era de $ 1.500.- (muy buen promedio para el año 1965)

Yo solo ganaba la mitad del promedio. El calculo que armé,  fue el siguiente:  si me compraban la rifa al menos la mitad de los empleados, bajo la perspectiva de tener un premio que significaba un incremento de alrededor del 50% de su salario, el atractivo del único  premio (pues no habría otro) podría ser muy interesante y el magro costo de la rifa que lo calcule en $20 podia ser accesible para todo el personal, más teniendo en cuenta que solo habría 125 números.

Pero para mí, los 125 números al precio de venta de la rifa, significaba un ingreso de $2.500.- Seguramente más que el salario de un Director o del propio Presidente de la Compañía.  Eso no lo sabía pero si lograba concretar este negocio, me sentiría un ganador. Eso, si que lo sabía.

Puse manos a la obra y al cabo de tres meses esta rifa que sorteaba por la Lotería Nacional  ya, tenía la casi la totalidad de los empleados de la Compañía y algunos Jefes y Gerentes también.  Tal es así que tuve que incrementar la cantidad de rifas a vender, dada la gran demanda de mis compañeros de trabajo.  Mis ingreso monetario se vio incrementado vigorosamente.   Por supuesto trabajaba más y mejor que nunca, amaba la Compañía y me divertía lo cual significaba que ostentaba un trabajo ideal. 

Mis amigos algunos muy conservadores, que yo los catalogaba como cagones, me decían que iba a terminar en cana, pero mi ambición era mas fuerte y seguía como si nada.

A todo esto, sabía que la Cía. de Seguros que era subsidiaria de un Banco enorme, no solo por la importancia de la entidad financiera sino, por el numero de empleados que tenía (realmente la cantidad de personal era lo único que me importaba, para lo que estaba pensando).

Era obvio que ante el éxito de la operación en Seguros, debía incrementar mi facturación en el ámbito bancario.  A tal fin conseguí un compinche.  Este, que oficiaba como Sub. Jefe de la Sección de Créditos Agropecuarios del Banco.  Julián, su nombre y a partir de aquel momento,  mi socio en el Banco.  Al  estudiar detenidamente (como buen bancario) y al hacer cálculos con la totalidad de las Sucursales en el Gran Buenos Aires y en el interior, pide una participación algo exagerada, pero discutible (personalmente me alegró pues significaba que yo ya tenía un pié dentro del banco).    Luego de una larga discusión, arribamos a un acuerdo razonable, dado que yo sería el creador y el único responsable del proyecto.

Por otra parte, ya se había corrido la voz dentro del Banco y en las Sucursales del próximo lanzamiento de la “Rifa Banco” como así la llamamos.  Dado la cantidad de participantes que estimamos contar nos vimos obligados en duplicar el numero de premios-sueldos.  Uno para la Rifa Seguro y otro para la Rifa Banco (no fui muy creativo en la denominación de los concursos pero si explícito).  Estaba seguro que los amigos bancarios debido al numero de personal que aportaban, indudablemente iban a reclamar un segundo premio para la Rifa Banco. Este tema se vería más adelante.

El Banco aportaba gran cantidad de  concursantes, que más los habituales sector del Seguro, hacían un total cercano a los cuatrocientos habituales participantes de la RIFA.(mi exitoso emprendimiento).  A razón del mismo precio por número, me daba un ingreso total de haber multiplicado casi por doce mi salario..-.  Ignoro cuanto ganaba el Presidente del Banco pero ya lo podía mirar de soslayo.

Hasta que el tema,  como todo buen y pingüe negocio, y  sin mucho esfuerzo, no podía durar mucho.   Fue el día que uno de los directores pescó a su Secretaría –Lucy-  (que había tenido un ligero affaire conmigo; ahora visto de lejos, no fue tan ligero)-  comprando tres rifas a uno de mis asistentes (ya contaba con varios de ellos, pues, solo no lo podía hacer y además del cómplice en el banco ya tenía mi eficiente organización.).  Ellos -secretaria y asistente- fueron duramente amonestados tal vez porque no le habría dado participación  al Director -no lo se-.  Lo que si se es que Lucy, ante un rapto de arrepentimiento le confesó al Director de nuestra relación más que afectiva  y me entere después es que también Lucy era o había sido amante del Director. Habrá sido por eso la enquina que me tomo?  Probablemente si!.

Lamentablemente, Lucy, seguramente la mejor y más bonita de todo el elenco femenino, era el complemento ideal para mi feliz permanencia en la Empresa, pero no sabía que era algo bocona y largó todo detalle de mi organización.  El Director, tomó su doble represalia, una por envidia, porque seguramente ganaba más que el y otra por celos de haberle robado su querida.

A mi quien era el alma mater e inventor del sistema, me pusieron de patitas en la calle, pero al fin,  fui en los  mas de doce meses que duro el negocio de la “RIFA” uno de los empleados que mejor retribución tuvo en la Empresa.   (......y además fue un extraordinario divertimento).

"El Gnomo Pimentón", por Marcelo Gouiran


El Gnomo Pimentón
 
Por Marcelo Gouiran
 

Con mi socio, que teníamos los mismos gustos, edades, y éramos amigos desde que teníamos uso de razón, también habíamos leído las mismas revistas de chicos y la preferida de ambos fue sin duda alguna el Patoruzito.  Uno de los cuentos y personajes más queridos era “El Gnomo Pimenton”.  Era un hado enano bonachón que andaba por la vida haciendo el bien y repartiendo justicia por donde se lo necesitaba.  Por ser mago,.........y por cierto muy eficiente, tenia dos elementos muy importantes e   indispensables para su profesión. El primero, un Pulverizador –en lugar de la clásica de varita-, con el que rociaba unos polvos magicos, para convertir los malos en buenos,  impartiendo justicia y paralizando toda mala acción a quien fuese necesario o en el lugar mas insólito que nos podamos imaginar.
 
Este pulverizador y su acción que era inmediata y contundente, se complementaba, como corresponde a todo buen mago con unas palabras mágicas ininteligibles para todo el mundo pero muy indispensables para su labor. Eran algo así como, NONMOSHKAPOFF. Y esta admonición que también era demoledora, hacia el milagro que la victima estaba esperando,y  entonces  el personaje malvado cesaba en su malévola acción con un gran cargo de conciencia y arrepentimiento, convirtiendose en un hombre bueno y servicial para la comunidad.  Este, al Gnomo me refiero, era una especie de amuleto que lo utilizábamos previo a los exámenes o cuando debíamos encarar alguna jovencita muy bonita y por supuesto muy asediada por los competidores. En general El Gnomo era muy eficiente y siempre teníamos éxito.  El uso de la palabra mágica la habíamos aprendido muy bien y por cierto no la comentábamos con el resto, para que no  gastaran al Gnomo ya que lo queríamos como una especie de cábala cautiva.
Con José –mi socio-, decidimos poner en practica un interesantísimo proyecto que consistía en la producción de pimientos para convertirlo luego de su secado y de hacerlo polvo en Pimentón.  La zona sería los Valles Calchaquies, en el límite de Catamarca y Tucumán, en la finca de una amigo de José;  el “turco”, a quien cariñosamente le llamábamos “el cotur”, y pensamos que sería muy apropiado y como una suerte de cábala, llamar al proyecto “El Gnomo Pimentón” o solamente “El Gnomo” o por último “Nonmoshkapoff”.  Este último fue descartado casi de inmediato, pues ante los clientes que clase de productores poco serios éramos de poner un nombre a la Empresa, tan ridículo y estrafalario como éste y quedo eliminado de la lista. 
Respecto a llamarla solamente “El Gnomo”, también nos daba cierta connotación de algo chiquito, de poca importancia y daría una imagen similar ante terceros consecuentemente también esta alternativa, fue descartada.  Finalmente la selección del nombre del emprendimiento recayó en “El Gnomo Pimenton” que tenía una indudable connotación con el producto final que íbamos a elaborar y al utilizar como isotipo la simpática figura del personaje que nos había encantado desde pequeños,  cubríamos dos aspectos el cabulero –muy importante-, pues estábamos seguros que el personaje nos traería la suerte que se necesita en todo negocio y la relación pertinente entre producto y marca  creíamos que con este plan éxito estaría asegurado.
Nos pusimos manos a la obra y partimos hacia los Valles Calchaquíes en la camioneta que
compramos para tal fin.  Al llegar a Santa María en Catamarca nos encaramos de lleno a la búsqueda de una vivienda adecuada para la imagen que queríamos dar en el pueblo, más pensando en éramos forasteros y había que hacer bien los deberes de los recién llegados.  Un tema que me tenía preocupado era que  habíamos omitido la pintura del isotipo en la puerta de la camioneta; pero carajo!!, que no es tan importante, me acotaba José, ya lo  tenemos impreso en la papelería, en las tarjetas personales hasta va a llegar el momento que lo vas a querer tenerlo estampado en los calzoncillos, me recriminaba, a lo cual yo insistía en tenerlo en todos lados, pues la cábala es la cábala, y al  Gnomo, debemos tenerlo presente en todo momento y ocasión.
No solamente lo teníamos al Gnomo, teníamos buena tierra,  buen riego asesoramiento  técnico, fuentes de financiación y fundamentalmetne un enorme cliente en los Estados Unidos que nos comprarían toda la producción que pudiésemos hacer. Al muy poco tiempo de estar instalados en una bonita y cómoda casa en las afueras de Santa María a José lo llaman de Buenos Aires pues la madre esta muy enferma, y se ha puesto muy mal. Tal es así que a las pocas semanas y a mi entender, Lucia, que no tuvo la asistencia del Gnomo, paso a mejor vida. El pobre José con toda la depre y a mii entender abandonando  la protección del Gnomo, decide dejar el proyecto.
 
La presión del trabajo en la instalación del emprendimiento era terrible y al sentirme bastante solo, tuve la estupenda idea de invitar a cenar  a Alicia, a mi entender, encuentro orquestado  por el Gnomo. A partir de esta cita, mi vida opera un cambio muy  interesante.  Alicia era una catamarqueña morocha de cutis cetrino, con gran sentido del humor tema fundamental en la situación que me encontraba, y además de las varias virtudes que poseía Alicia, que no viene al caso mencionarlas en este relato, pero si, dos de ellas que eran;  siempre andaba con una pata de conejo en su bolso, pues era muy cabulera, le mencioné de mi indispensable cábala sin entrar en muchos detalles por una simple actitud celosa –en definitiva no quería que pudiese tener un competidor en la zona-.  Otra de las importantes virtudes de Alicia era el  tener unos enormes ojos de color miel y algo realmente insólito: me trataba de usted, asunto que me hacia sentir una extraña pero muy agradable sensación patriarcal.....y en la cama era formidable-
Estábamos ya a punto de sembrar, cundo, nos enteramos que los peruanos que son grandes productores y exportadores de Pimentón, debieron bajar abruptamente sus precios pues los chinitos se habían largado a producir en cantidades astronómicas –como suelen hacer ellos- y en consecuencia el precio internacional del producto se desplomó drásticamente y ni todos los polvos mágicos del Gnomo pudieron pararlo. 
Mis inversores me conminaron a que desensillara hasta que aclarase y suspendiera toda actividad, a mi entender el pelotudo del Gnomo me fallo estrepitosamente.
Una vez mas los chinos se dedicaron a joder a un mercado. esta vuelta fue en el que yo me estaba metiendo, afortunadamente aún no habíamos plantado sino la perdida que hubiésemos sufrido habría sido enorme.
La despedida de Alicia fue muy triste y tengo frecuentes recuerdos sobre todo cuando a mi entender,  los fluidos del Gnomo, asoman en mi ánimo.
Seguramente habría debido apelar a otra cábala? Porque esta obviamente no resultó,  seria que me falto tener a mano el pulverizador o simplemente fueron los chinos? Tal vez debí haber utilizado con más frecuencia el sortilegio de “Nonmoshkapoff”, o será que a mi entender, realmente, el Gnomo Pimentón fue un reverendo hijo de puta.

"Por qué tan lejos?", por María Pía Lancelotti


¿POR QUÉ TAN LEJOS?
por María Pía Lancelotti 
¡Qué complicado va a ser subirse al auto!  Algo de todos los días,  hoy me parece una hazaña. Por más que el chofer lo arrimó bien a la vereda, y la modista sostiene  cola y tul, veo muy difícil entrar por ese ángulo. Tengo que cuidar el peinado y el tocado,  que no me roce con el borde de arriba. Atenta a cada parte de tu cuerpo,  me digo a mi misma, que no toque nada los costados. Controlo el movimiento de la caída y ya está,  lo logré. ¡Estoy sentada!  Rosa, aparece por el otro lado y arregla todo, termina de poner el tul en la luneta de atrás. Yo me siento adelante, me dice. ¡Arranque!, le ordena ella al chofer adueñándose de la situación. El,  me mira por el espejo y me pregunta con los ojos .Vamos, le contesto  y se me escapa un suspiro.

Fue raro el día de hoy, como una película. Me levanté y en casa todo era un caos. Mamá no paraba de hacer cosas, papá veía la repetición de un  partido, el teléfono sonaba y nadie atendía. El resto dormía. Por suerte al medio día pasó Vicky y nos fuimos al hotel. Comimos como dos reinas en la habitación y nos reímos a carcajadas. Después  llegaron todos. Maquilladora, peluquera, modista y me dejé llevar por el torbellino de actividad. Me porté como un maniquí obediente, dejándoles hacer. Llegó papá y el fotógrafo. Nos sacamos fotos en el lobby. Las típicas, sola,  con el ramo. Con papá muy formal con su jaqcuet, derechito. Con Vicky nos relajamos y divertimos,  le sacamos la lengua y mandamos besos a la cámara. Selfies. ¡Ni loca las bajes ahora! ¡No quiero que nadie me vea! Nos abrazamos y despedimos .Ella iba en su auto y  llevaba a papá. Lo habíamos discutido mucho,  yo quería ir sola. Papá es insoportable para estas cosas. Además no se banca un viaje hasta Pilar sin fumar. Ni loca lo dejo  hacerlo  en el auto, así que decidimos que se fuera con Vicky y me esperara en la Iglesia. También a quién se le ocurre una Iglesia en Pilar,  repitió por enésima vez. A mi suegrita, a mi suegrita. Miro por la ventana. Tomamos Figueroa Alcorta rumbo a zona norte. Me encanta esta avenida. Pasamos canal 7. Llegamos a Palermo y doblamos por Dorrego, el hipódromo está todo encendido. ¿Nerviosa? me pregunta Rosa. No tengo ganas de hablar. Maso,  le digo y sigo mirando por la ventana. Tomamos Libertador  y nos acercamos a mi barrio. Pienso en la vorágine de estos últimos meses,  demasiadas cosas que decidir, demasiada gente metiéndose a opinar, demasiadas discusiones con Martín.  Tan ocupados en decidir qué flores, qué música, si lomo o pollo. La guita saliendo a raudales. Los viejos de los dos metiéndose en todo.  Nos tendríamos que haber ido de  viaje solos y a la mierda, era la frase detonante. La que moría por la Iglesia y la fiesta era yo, es verdad pero lo habíamos decidido entre los dos. Y si , si llegaba a decirte que no ….. Y así seguíamos hasta que el enojo se volvía cómico y las risas nos distraían y terminábamos como siempre arreglando todo en la cama.

Me están saludando. Unas chicas sacan sus celulares por la ventana y me sacan fotos.  Me siento Máxima, comento.  Todos reímos en el auto. Nos tocan bocina y yo  saludo. Le voy a contar a Vicky. Pero, ¡no tengo el celular! Obvio ¿ Dónde lo iba a meter?. Me agarra ansiedad, ¡ no puedo comunicarme! ¿Me prestás tu celu Rosa? Me lo presta,  pero me doy cuenta que no sé el número de Vicky, ni el de Martín, ni el de nadie!  Maldita tecnología. No memorizo ni un número. Sé el de casa.  Llamo,  obvio no hay nadie, que tarada,  ya estarán todos en camino. ¿Será así?  ¿Si llega a pasar algo,  cómo me avisan??!!  Estoy entrando en pánico. Le devuelvo el teléfono a Rosa. Respiro,  más que eso resoplo como hacen las parturientas.  Me tengo que relajar.  Miro por la ventana,  ya estamos en la autopista. Veo más gente saludándome desde sus autos.  Voy a estar atenta,  capaz veo el auto de Martín o el de Vicky o el de alguien .Todos deben estar viajando. Por favor,  que no pase nada.  ¿Por qué mierda me dejé convencer por mi suegrita?  Si ya se para no tener otro quilombo con Martín.  ¡Pero qué lejos! Teniendo San Benito a la vuelta.  

Yo quería casarme en San Benito,  pero eso fue otra historia. Es nuestra Iglesia, decía siempre Nacho.¿ Por qué aparece él  en este momento?  Es obvio porque. ¡Éramos tan chicos! Y un día nos casamos. Entramos a San Benito, tan grande, tan luminosa y en el altar, nos casamos. “En el sacramento del matrimonio son los esposos los ministros”.  Eso habíamos aprendido en el colegio. Como también nos habían pretendido convencer de que el sexo se vive más plenamente en el matrimonio. Por eso encontramos la solución a mis tabúes  y fuimos y nos casamos .Nosotros dos y Dios de testigo decíamos. Y así fue que vivimos nuestra primera vez libres de culpa. ¡Basta! Tengo que pensar en otra cosa. Vamos por el carril lento. Ya estamos por Unicenter.  Tengo sed. Rosa no tenés agua, ¿no?  No querida. Qué tonta, no me di cuenta de traer una botellita.  ¿Querés que paremos a comprar algo? ¿Te parece? Le pregunta Rosa al chofer. Y si, paremos, decido yo. No tengo plata. No te preocupes, yo te pago. Ahí está la YPF.¿ Qué te compro? Una coca light. ¡AY  Camila mirá si te manchas !  Es verdad. Un agua sin gas, mejor. La gente me mira. Yo sonrío y saludo.  Me gritan ¡¡suerte!!  ¡¡ Qué viva la novia!! Vuelve el chofer con el agua. Cuidado no te corras el labial. Rosa disimula muy mal su malestar. Debe estar pensando: ¡ esta pendeja!. Pero bueno,  yo tengo sed. Con cuidado tomo un sorbo que me refresca y humedece mi lengua y mi garganta.

Arrancamos. Vuelta al carril lento. Vuelvo a mirar por la ventana. ¿ Por qué tuve que pensar en él? Con el lío de los últimos días había podido sacarme su pedido  de la cabeza. El día que fui a buscar a San Benito mi fe de Bautismo, el destino, Dios o no sé qué mierda,  me jugó una mala pasada.  Salí de la Iglesia y decidí ir a comer algo al Solar.   Ahí me lo encontré. Obvio,  si vive a la vuelta. Hacía como tres años que no lo veía y ya  7 desde que habíamos terminado.  Fue un noviazgo tierno,  suave, pero muy largo. Empezamos muy chicos y después de tantos años ya no sabíamos ni por qué nos habíamos elegido.  Decidimos separarnos. Fue duro al principio. Pero después le tomé el gustito a la joda y diversión de salir con amigas, conocer  tipos y todo eso que viví hasta que  conocí a Martín. Siempre gracioso, ocurrente, con una energía desbordante. Me encantó.  A partir de ahí  fue todo tan acelerado y rápido que ni pensé en Nacho. Pero aquel día en el Solar, casi me muero. Estaba cambiado. Muy distinto al de 7 años atrás. Muy hombre. Me temblaron las piernas y creo que al principio tartamudeé un poco. Pero al rato,  mientras tomábamos un café,  reconocí  esa comodidad de hace unos años. Nos hicimos un breve resumen de nuestras vidas. El había tenido un par de relaciones, pero nada serio. Yo, me estaba por casar. Riendo me dijo, no podes, ya estás casada.  Jaja que gracioso, que inocentes éramos. Y ahí lo dijo. Yo volvería a hacerlo. Nunca pude olvidarme de vos. No te cases. ¿Qué le pasaba? ¿Era estúpído? ¿Cómo me iba a decir algo así a meses de casarme? 

Las bocinas me hicieron darme cuenta que estaba a punto de llorar. No, el rimmel!!  Aguantá , abrí los ojos!! Me abanico con las manos. Basta tengo que dejar de pensar.  Tengo que pensar en otra cosa. Tendría que estar Vicky acá. Ella estaría hablando sin parar y me distraería. Pero… en este caso no sé .Cuando se enteró lo de Nacho me rompió la cabeza preguntándome si estaba segura, que casarse no era joda, que todavía estaba a tiempo. ¿A tiempo de qué? ¿Estás loca?  Ya tengo todo organizado: la fiesta, el vestido,  las participaciones!!! AH!, pensé que estabas segura  porque amás a Martín  y es el hombre con el que querés compartir tu vida. Al escucharla decir esto me quedé callada  .Como ahora.  Ya faltaba menos .Tomamos el ramal Pilar. Pronto llegaremos al peaje y en un rato más a la Iglesia. Escucho la voz de Vicky. Todavía estás a tiempo .Menos mal que no vino conmigo .Se me cruza la imagen de Thelma y Louise. Las dos escapando en el auto. Y  escucho a Vicky cantar dos días en la vida nunca vienen nada mal. Me sacudo la imagen de la cabeza. Ya estamos en el peaje. Otra vez saludos.  ¿Y si me estoy equivocando?  ¿Si no es Martín el hombre de mi vida? ¿Por qué mi encuentro con Nacho fue tan movilizante? ¿Qué hago?? Necesito hablar con alguien.  Necesito parar y pensar. ¡¡¡Necesito escapar!!! Ya sé,  les pido parar en la próxima estación de servicio. Busco una excusa para que se bajen del auto, me paso adelante y me voy. Y manejo y manejo. Para cuando todos empiecen a preocuparse por mi tardanza, ya voy a estar lejos y voy a poder a parar a pensar. Me los imagino  en la Iglesia, conmocionados. Primero se preocuparán pensando que tuvimos un accidente. Cuando confirmen que no, Martín se va a atacar. Mi suegra  pensará en los invitados ¡Qué horror! ¡Un bochorno!  Mi viejo,  a punto de infartarse,  se va a fumar hasta los dedos. Mi vieja va a buscar con la mirada a Vicky y la va a encontrar sonriendo. Ahí va a entender todo. Vicky va a bajar la mirada cuando tropiece con la de mi mamá pero no va a poder dejar de sonreír, orgullosa por la valentía de su amiga. Si. Lo tengo decidido,  es lo mejor. No puedo hacer algo para toda la vida si tengo dudas. Ahora pienso una excusa  para parar y que se bajen estos dos del auto.

¡Llegamos Cami!. Sonreí que ya te están filmando. Quedate sentada que te ayudo a bajar. Y yo sonrío.  ¿Está pasando?  O  ¿es una película? No me dan tiempo, me llevan .Vuelvo a ser el maniquí. Mi papá me da un abrazo y me paro mirando la gran puerta de madera. No puedo dar ni un paso. ¡ No puedo dar este paso!  Suena un timbre.Ya es la hora, me dice mi papá al oído y su aliento a mentol me despabila un poco. Las puertas se abren. Las caras me sonríen y  escucho Pompas y Circunstancias.   

"Raíces", por María Pía Lancelotti


 

RAÍCES

 por María Pía Lancelotti

Ahora es un negocio de sweaters. Hace tiempo que tenía ganas de  traer a los chicos a  conocer   la casa de mis abuelos donde transcurrió mi infancia y parte de mi adolescencia. El bow window del antiguo living devino en vidriera.  No puedo dejar de recordar los pesados cortinados verdes que nos servían de escondite perfecto cuando jugábamos a las escondidas. Ahora su lugar lo ocupan unos maniquíes con sweaters, calzas y bufandas. Los chicos parecen intuir la impresión que me causa, pero son todavía muy jóvenes para la añoranza. Disfrutan su presente y ansían el futuro. Cómo comprender entonces esta casa y su historia, escrita por tres generaciones?.
 
Al cruzar la pesada puerta de madera me impactan los cambios, las ausencias, pero sobre todo las presencias. Casi tangibles las almas que habitaron este hogar se hacen presentes, como en los cuentos de Isabel Allende. Mi abuela encendiendo la salamandra, mi abuelo bajando la escalera de madera luego de horas de estar encerrado en el altillo, su lugar en el mundo y el lugar favorito de sus nietos. Subir hasta allí, era entrar en otra dimensión. Los escalones rechinaban bajo nuestros pies y nos conducían hasta ese ambiente amplio e inundado del olor a libros. El mismo que percibo en las librerías y que siempre me transporta al escritorio de mi abuelo con sus paredes cubiertas de las sobrias bibliotecas Thompson, atiborradas de libros. En el medio, el gran escritorio de caoba y tapa de cuero verde con su desorden de papeles, libros, notas, lapiceros. Y en el centro presidiendo como una reina, la vieja Remington. Mis hermanos y yo nos peleábamos por sentarnos en el sillón giratorio y empezar a teclear, esperando que el golpeteo produjera la magia de ver aparecer en fila nuestras palabras en el papel. Las teclas me encantaban. Su material me atraía como los caramelos y no podía dejar de acariciarlas con las yemas de mis dedos regordetes. A veces pretendía ser una eximia escritora y tecleaba desenfrenada hasta que alguno de mis dedos quedaba atrapado entre las teclas, y los brazos de fino metal que ellas comandaban, se trababan cruzados en señal de protesta. Los destrababa y volvía a teclear hasta escuchar el ring que me avisaba que llegaba el final y me invitaba a impulsar la palanquita para bajar de renglón y volver a empezar. Un poco más allá, solía estar el atril con las partituras y el violín, que sólo mi abuelo podía tocar. 
Los chicos miran para abajo un poco avergonzados cuando se me acerca la vendedora. Le explico:
-Yo viví en esta casa y me encantaría poder mostrársela a mis hijos. 
-Ah! Bueno pero solo pueden pasar hasta acá. No pueden subir, me contesta ella, tajante. 
Comienzo la recorrida.
 
-Ven, ésta es la salamandra que siempre les cuento y… miren, acá en el piso, donde pusieron esta tapita, estaba el timbre que mi abuela usaba para llamar a la mucama.
 
Los chicos me miran aburridos. No logro transmitirles lo que siento. Ellos no conocieron a mis abuelos No llegan a comprender mi sentimiento de pertenencia. Mi bisabuela, mis abuelos, mi papá y sus hermanos vivieron esta casa. Aquí se comenzó a escribir nuestra historia. Los siento allí presentes, acompañándome en la recorrida. Los veo reunidos en la gran mesa del comedor. Mi bisabuela, Mamima, en la cabecera, con su rodete blanco y su sonrisa eterna. Una sola vez pude verla con su infinito pelo suelto. Fue una noche en que habíamos pasado por la casa de mis abuelos, por algún motivo que hoy no recuerdo. Ya era tarde y mientras mi papá se entretenía charlando con mi abuelo, yo corrí a saludarla. Abrí la puerta sin detenerme y ahí la vi, sentada en su tocador peinándose. Su imagen, rodeada de una capa plateada que colgaba a centímetros del piso quedó para siempre grabada en mi memoria. El momento del té era para ella toda una ceremonia. Usaba el juego de porcelana inglesa. Y nos daba, a escondidas de mi abuela, las galletitas boca de dama cubiertas en chocolate que nosotros devorábamos, con la doble satisfacción de comer algo tan rico  que estaba destinado sólo para los grandes.  
Me acerco a la vendedora y le pido permiso para pasar a la zona de probadores. Abarcan lo que antiguamente era el pasillo que llevaba a la parte de servicio. Allí estaba el toilette, de unas dimensiones inimaginables hoy en día. Está todo reformado. No queda nada de lo original. Cuatro boxes con cortinas ocupan su espacio.  Tras la puerta de madera, al final del corredor, recuerdo la cocina. Amplia. Dividida en dos. Con la heladera Siam y el antiguo horno a carbón convertido en mesada. Recuerdo sus herrajes con terminaciones de porcelana blanca fileteada de azul. Sólo imagino. No puedo pasar a ese sector transformado en oficina según me cuentan. 

-Ma vamos, me dice María apoyando su mano en mi hombro. Siento que algo de mi desilusión percibe e intenta consolarme con ese gesto.

 
Vuelvo al antiguo comedor con los chicos siguiéndome en silencio. Las vendedoras reunidas tras un mostrador me miran indiferentes. No notan las presencias que yo noto. Hasta percibo ese aroma familiar imponiéndose sobre el perfume para ropa. Me acerco a la vidriera. Han avanzado un poco más allá de las bow windows que dejaron como enmarcando ese espacio. Me paro y miro hacia afuera a través de los maniquíes. Tras las rejas, otro paisaje. Ya nada queda en esa cuadra en pie. La imagen no es la misma que encontraba en otra época. Hasta los arboles han cambiado. Me invade una añoranza por la infancia, por el tiempo pasado y los que ya han partido. Esta casa guarda mi prehistoria y mi historia más lejana. Las alegrías, los llantos, la música,  los secretos de los que me precedieron. Sus pasos, sus voces, sus risas, aún resuenan entre sus paredes. Sin embargo esta casa de hoy me es ajena. Miro a mis chicos y ellos me devuelven en silencio la mirada. Veo mi ayer más cercano, mi hoy, mi mañana y ansío poder estar construyendo un hogar donde ellos puedan, en un futuro volver a bucear sus raíces. Acaricio la lustrosa baranda de madera de la escalera y me despido. Los chicos me acompañan en silencio y yo les digo gracias por haber venido. Atrás nuestro, los presiento. Todos ellos nos despiden conmovidos. Y a mis oídos llega, claro y nítido, el sonido de un violín. 

"1951", por Ana María Marafuschi


"1951"
 Por Ana María Marafuschi
 
Corría el año 1951. Yo cursaba el segundo año del doctorado en química. Tanto las Facultades de  Filosofía como de Ciencias e Ingeniería eran los baluartes intelectuales del anti- peronismo. Hacía unos meses, la policía había realizado un acto de conmemoración de la “Campaña al Desierto”, como si se pudiera festejar la masacre de los indígenas y su posterior esclavización. El acto tenía lugar frente al monumento del sanguinario Julio Rocca, sito frente a la esquina de Perú al 200 y Av. Julio Rocca. A la Facultad de Ciencias se entraba por Perú 222, pero nuestro laboratorio de Química Analítica tenía un ventanal sobre la esquina de Perú y la avenida. De manera que para sabotear el acto -bueno, para molestarlos un poco- y escondidos detrás de la ventana nos dedicamos a tirarles moneditas. Al principio no sabían de donde venían, pero finalmente no les fue difícil ubicarnos. En ese momento se lo aguataron y no promovieron ningún desmán reivindicativo . Pero… unos meses más tarde la ocasión se dió.
Estábamos  reunidos en el patio de la que  hoy es la Manzana de la Luces, todos los estudiantes de Química y de Ingeniería. El motivo era declarar la huelga hasta que apareciera Ernesto Bravo, condiscípulo de química, que había sido secuestrado y torturado por Amoresano y Lombilla los esbirros del régimen.
Cuando Jacobo Corenberg Presidente del Centro de estudiantes de Ingeniería : “La Línea Recta” hablaba a la multitudinaria asamblea en representación de todos los alumnos de Ingeniería y del Doctorado en Química declarando oficialmente la huelga, alguien que estaba  infiltrado  a su lado se lo llevó preso
En ese mismo momento en la puerta de Perú 222 un comando de la policía irrumpió después de golpear al inefable Bedel Mariños que les estaba informando que la policía no podía entrar a un claustro universitario puesto que éste era autártico.
Era la primera vez que se profanaba con la policía un claustro Universitario, de allí el candor del magnífico Mariños.
¡Y no fue la última ¡ Cada dictadura implementó métodos cada vez mas elaborados y sangrientos, sobre las Universidades, alumnos y docentes y no sólo durante dictaduras cívico militares sino también durante  períodos técnicamente de gobiernos cívicos.
Bueno sigamos en el insólito 1951!
A los pocos segundos de la profanación del claustro,  yo que me encontraba al pie de la escalerita que conducía a la galería que daba al patio, osé mirar para atrás.
El pánico se apoderó de mi. Justo detrás mío, casi encima, descubrí   una mole humana, un uniformado, alto, grueso, muy morocho, con el bastón de la represión en alto. Jamás se me borró esa imagen, ni el terror que sentí, pensé que no me salvaba de una buena golpiza. En menos de un segundo pensé lo que eso podría significar para toda mi vida más allá de los dolores físicos ineludibles
No sé de donde saqué fuerzas, pero subí por las escaleras, llegué a la galería, corrí, corrí por toda ella. Algunos compañeros que  a mi alrededor también corrían  siguieron subiendo hacia la biblioteca. Insisto, no se qué fue lo que me iluminó en ese instante, pero decidí continuar hacia el Decanato, lo atravesé (estaba vacío) y por la puerta que yo sabía daba a la calle salí. Adopté una posición  de transeúnte común, aunque seguían los efectivos policiales  adentro y por supuesto también afuera con los carros en los que se llevarían  a muchos de mis compañeros presos .
Caminé despacio, pero asustadísima, hacia Florida y tomé el subte.
Me había salvado no solo de  entrar en la cárcel, sino de poder seguir con los estudios, ya que mis padres no me lo hubieran permitido, temerosos de que me convirtiera en una “roja”, pero además jamás me hubieran perdonado que yo su única hija, pasara unos días en la cárcel. Creo que mi vida hubiera  cambiado de cuajo si no hubiera tenido la lucidez de escapar por una vía segura que el terror me ayudó a elegir.
Muchos de mis compañeros fueron apresados, varones y mujeres. Pero  eran “presos legales” y después de unos días los largaron. Las mujeres fueron alojadas en una celda donde las otras presas eran prostitutas, fue una rara experiencia. Las mujeres de la calle, eufemismo con se las designaba fueron muy amables y comprensivas con las aterradas presas  nuevas y hasta les dieron de comer de sus propias vituallas, mucho más apetitosas que las provistas por la cárcel.
Pero a pesar de todo ese despliegue policial las cosas se les escaparon de las manos y conseguimos nuestro propósito: Ernesto Bravo apareció. 
 En  la facultad se realizó un multitudinario acto en honor a Ernesto.
Allí estaba él, bastante maltrecho todavía, con un brazo en cabestrillo, un ojo tapado pero ¡Vivo!