Un buen comienzo para la muestra de fin de año es de la mano de Olivia Bertini, que con sus decires norteños le da una cadencia especial a tiempos no tan lejanos.
Olivia, además de una gran narradora, es pintora -entre muchas otras cosas, según vamos descubriendo- y nos dejó esta hermoso retrato hecho por ella para acompañar la lectura.
"AL PASAR A DGI" de Olivia Bertini
Trabajé en la empresa
ferrocarriles argentinos más de treinta años. Cuando subió Menen al poder
decidió deshacerse de ese medio de transporte. La empresa ferroviaria esa muy grande. Tenía muchas gerencias, la de vía y obras,
mecánica, tráfico, comercial, personal. Había que reubicar a todos sus trabajadores. Al personal que le
faltaba pocos años para jubilarse les ofrecian un retiro voluntario a cambio de
cierta cantidad de dinero, al resto, los mandaron atrabajar a DGI.
Entre ellos estaba yo.
Hubiera querido renunciar, pero lamentablemente no pude hacerlo. Era viuda con
cuatro menores a cargo.
El día que me citaron,
fui a la oficina de DGI que me indicaron.
Nos juntamos cerca de cincuenta personas. Nos iban nombrando e indicando a dónde debíamos
presentarnos. Para el final quedamos tres ingenieras yo y dos más. Eran más jóvenes, traté de
convencerlas que si no nos mandaban a algún lugar más o menos acorde con
nuestros estudios no aceptáramos. Pero no lo
conseguí. Nos enviaban a una oficina
que se estaba disolviendo. Era de grandes contribuyentes nacionales.
¿Qué función tendríamos allí? Me imaginaba haciendo remitos, etiquetando cajas
con documentación. Mis colegas jóvenes aceptaron.
Yo me dirigí a la
persona dedicada a la tarea de distribuir al personal y le dije: “creo que
conmigo se han equivocado o no leyeron mis antecedentes. Soy ingeniera y jefa
de departamento. En ferrocarriles esto representa un tercer nivel debajo de
gerente. La persona que tenía la tarea
de ubicar a los ferroviarios creo que no supo qué hacer conmigo y me mandó a
una agencia que quedaba cerca de mi casa.
Me atendió la jefa de
la agencia. Mientras ella me hablaba yo
pensaba qué trabajo podía llegar a hacer
allí . sólo algo administrativo. En
eso irrumpió en el despacho una señora y me dijo: “que suerte que viniste
estamos necesitando una dactilógrafa”, a ella la fulminé con mi mirada y a mí
casi me da un infarto.
A la jefa le expresé
lo mismo que al señor que me había atendido antes y además le dije que al otro
día iba a ir a la oficina de personal a aclarar mi posición y presentar mi
disgusto ante tamaña afrenta. Las 20 cuadras que había de la agencia a mi casa
me fui caminando y llorando. Cuando llegué mis hijos no sabían cómo consolarme.
Todos alrededor mío me abrazaban y me decían: “Mamá no te preocupes. Todo saldrá bien. Vos lo vas a conseguir” y apenas logré serenarme busque mi título y
todo lo que podía servirme para avalar mi reclamo.
Esa noche me comuniqué
con un colega. Le pregunté a dónde lo habían mandado a él. Me respondió a una oficina de estudios donde había una señora que era doctora en matemáticas, otra que hacía
estadísticas y unos cuantos licenciados en economía.
Al día siguiente muy
temprano partí para la oficina de personal en la sede central. Debo reconocer que me atendieron bien, me
escucharon. Por mi parte, como dice el refrán: “ni corta ni perezosa” enseguida
les hablé de la oficina que me había recomendado mi amigo y pregunté si allí
habría un lugar para mí. Por suerte lo
consideraron y lo conseguí.
En ese lugar estuve
cerca de diez años. Realizaba estudios
económicos sobre los impuestos. Tarea ésta
bastante fácil para un ingeniero.
Lo único rescatable de
mi paso por DGI fue el sueldo. Cuando ingresé me dieron el mismo que tenía en Ferrocarriles,
pero acá además repartían entre los empleados un porcentaje de los ingresos que
DGI tenía por impuestos. No todos los empleados recibían lo mismo sino que había
una escala por rendimiento que iba de 0% a 100%. La clasificación del empleado la hacía el
jefe. A mí personalmente me otorgaban un 75% y a veces un 50%. Esto representaba casi un sueldo más, necesario para la crianza de mis hijos, para poder
pagarles los colegios, los útiles, los paseos y por supuesto la comida y los
remedios cuando lo necesitaran.
Ojalá que algún día
recuperemos los Ferrocarriles que supimos tener, no solamente los coches y
vagones sino lo fundamental para que todo funcione bien, que las vías y señales
estén en condiciones.

el cuento bien describe una triste realidad que padeció gran parte de los profesionales en este país, en una época olvidable.
ResponderEliminarPersonalmente me hubiese impactado un diálogo con la jefa de la primera oficina de la DGI, que describiera la carga de angustia y rabia de la protagonista.
mauricio
Gracias Mauricio, es cierto ese diálogo podría sacar chispas!! Gracias de nuevo por leerlo e interesarte.
ResponderEliminarMe gustan los cuentos sobre el ámbito laboral. Podrías sumar otros relatos de Ferrocarriles Argentinos. ¿Cómo era trabajar allí? ¿Qué cosas pasaban?
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