Enfrentó la tarea
como si no tuviera cincuenta años. Ya le tenía preparada el agua tibia con
sales relajantes en la bañera. Ayudó a su madre a levantar la pierna, despacito la
fue sentando, la convenció de que esto
la ayudaría a relajarse y a mitigar tanto dolor. Sacarla de allí, levantar ochenta
kilos y ochenta años fue todo un esfuerzo para sus lumbares. Interiormente se
reía recordando esas épocas no tan lejanas en que su madre insistía en decir que ella era una nena débil. La siguiente vez, probó a bañarla bajo la ducha. El box de
la ducha era suficientemente amplio como para que entrara una de las sillas
verdes de la cocina; ahí la sentó mientras dejaba que el agua la recorriera.
Después con paciencia y meticulosidad, la secó y la llenó de crema corporal por entre
cada pliegue y cada arruga reseca de toda su gruesa humanidad.
Aquellos momentos de intimidad dieron un fruto inesperado.
Confesiones marchitas dentro de un corazón enmohecido, penas ancestrales
arrastradas por décadas; aquella mujer de tono fiero, plantada agresivamente
ante la vida y las personas, la que controlaba cada movimiento de la familia,
la que siempre encontraba un defecto, tenía secretos nunca confesados, casi destinados a morir con
su hosca personalidad.
El diagnóstico había
sido tajante, le quedaban pocos meses, era un cáncer muy agresivo. Hacía dos
años que ella se quejaba de dolores en la espalda y recorría traumatólogos y
kinesiólogos. Pero no estaba allí su mal; el dolor corría imprevisible y se irradiaba. Sus hijos se
pusieron de acuerdo, la llevarían a un oncólogo o a varios para constatar el
diagnóstico sin decirle cuál era la
especialidad del médico, y escucharían a
solas sus veredictos. Como si a esta mujer pudieran ocultarle algo. Ella en
cambio, le ordenó –ya que ella no pedía ni rogaba- a su hermana médica, que le
diera lo necesario para acabar con su vida sin sufrir más dolor que el que ya
soportaba. Su negativa fue seguida de un no me servís para
nada.
Había vivido sola desde la muerte de su marido. Los hijos
decidieron ponerle una mucama que se
quedara a dormir pero la morfina le traía
alucinaciones que la hacían volverse
en contra de su empleada. Las corridas nocturnas a su casa se sucedieron y esa hija, que se ocuparía de bañarla, tomó la
posta, iría un tiempo a su casa, después verían.
Entonces los espejos empañados del baño recuperaron a
aquella Perla de fina piel transparente, cabellos rubios, ojos celestes y pestañas
blancas que tenían que pintarle para permitirle una mejor visión. Revivió sus
tardes de juegos infantiles, cuando hurtaba con sus primos los frascos de
arenques preparados por su mamá y se daban grandes panzadas escondidos debajo
de la escalera del patio de su casa de la calle Victoria. Cómo disfrutaba, ya de adolescente, ir en
bicicleta hasta el Club de Gimnasia y Esgrima, para jugar al tenis. Lo bien que
montaba a caballo durante las vacaciones
en las sierras de Córdoba.
Madre e hija dialogaban entre risas y llantos.
-hija, ¿te conté que el día que mis padres se casaron, mi
papá se jactaba de tener cuarenta centavos en el bolsillo? Esta hija ya sabía
del coraje de su abuelo José, él mismo le había contado como huyó de su casa a los
quince años. También le había contado como llegó hasta Copenhague y se
introdujo como polizón en un barco que llegó a Buenos Aires. Se ufanaba de
haber huido de los progroms, del hambre, de las
guerras que lo hubieran tenido como un muerto más.
La hija le pidió que le hablara de Sara, su abuela, a la que
no conoció. La voz de Perla tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Perla en ese momento pasó a ser una hija, una
hija que necesitaba a su madre.
Sara, también había llegado en un barco, a los
quince años. La habían mandado sola a la
lejanísima Buenos Aires, donde ya vivía una hermana mayor casada. Sara no tuvo
tiempo para añoranzas, cuando llegó a esta tierra, su hermana le ordenó barrer,
limpiar y cocinar para toda su familia, con eso se ganaría el pan y la cama. Tenía tanto trabajo para hacer que sus
palabras y sus lágrimas quedaron dentro
de su garganta entretejiéndose con sus
células, desflorando a sus cuarenta años
en un cáncer impiadoso.
Y entonces ocurrió:
Aquella
atmósfera húmeda y caliente
logró traspasar
su coraza.
Perla titubeaba.
Una fuerza poderosa la
obligaba a bucear sin censura.
Ella había crecido rebelde y firme en sus convicciones. Y un día,
estaba con Sara, su mamá, en la puerta del zaguán para abrirle la puerta al tío, el marido de su hermana
mayor. Perla advirtió un pequeño gesto: la mano de él tocaba el cinturón del
batón materno. Una sutil actitud que derivó en una debacle familiar.
A solas, la madre le
confesó que cuando llegó al país su hermana se la apropió como sirvienta y que
su marido abusaba de ella.
Más tarde Sara, había conocido a José, obrero en la fábrica de camas de hierro de su cuñado. Nunca le pudo confesar a su
marido nada de todo aquello, menos aun cuando se convirtió casi en socio de su cuñado.
Ella no
era de quedarse quieta. Nunca explicó su extraña conducta, porque nunca develó el secreto que su madre le
confiara. Siempre pasó por ser una niña loca, una mandona insoportable que
separó las familias, y que no dejó entrar más al tío a su casa.
En la familia nadie la perdonó. Ella tampoco perdonó a
nadie.
Liberada de los
secretos. Se acababan las tristezas.
Ahora podían
llorar juntas.
Su hija le otorgaba
todos los perdones.
Quedaba poco tiempo.
Pronto su madre podría cobijarse con Sara.
BEATRIZ BLEJMAN, JULIO DE 2014
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