miércoles, 23 de julio de 2014

"Abuela, madre, hija", por Beatriz Blejman


                                
  
Enfrentó la tarea como si no tuviera cincuenta años. Ya le tenía preparada el agua tibia con sales relajantes en la bañera.  Ayudó  a su madre a levantar la pierna, despacito la fue sentando, la convenció de que  esto la ayudaría a relajarse y a mitigar  tanto dolor. Sacarla de allí, levantar ochenta kilos y ochenta años fue todo un   esfuerzo para sus lumbares. Interiormente se reía recordando esas épocas no tan lejanas en que su  madre insistía en decir  que ella era una nena débil.  La  siguiente  vez, probó a bañarla bajo la ducha. El box de la ducha era suficientemente amplio como para que entrara una de las sillas verdes de la cocina; ahí la sentó mientras dejaba que el agua la recorriera. Después con paciencia y meticulosidad,   la secó y la llenó de crema corporal por entre cada pliegue y cada arruga reseca de toda su gruesa humanidad.
Aquellos momentos de intimidad dieron un fruto inesperado. Confesiones marchitas dentro de un corazón enmohecido, penas ancestrales arrastradas por décadas; aquella mujer de tono fiero, plantada agresivamente ante la vida y las personas, la que controlaba cada movimiento de la familia, la que siempre encontraba un defecto, tenía  secretos  nunca confesados, casi destinados a morir con su hosca personalidad.
El diagnóstico había sido tajante, le quedaban pocos meses, era un cáncer muy agresivo. Hacía dos años que ella se quejaba de dolores en la espalda y recorría traumatólogos y kinesiólogos. Pero no estaba allí su mal; el dolor corría  imprevisible y se irradiaba. Sus hijos se pusieron de acuerdo, la llevarían a un oncólogo o a varios para constatar el diagnóstico sin decirle cuál  era la especialidad  del médico, y escucharían a solas sus veredictos. Como si a esta mujer pudieran ocultarle algo. Ella en cambio, le ordenó –ya que ella no pedía ni rogaba- a su hermana médica, que le diera lo necesario para acabar con su vida sin sufrir más dolor que el que ya soportaba.  Su  negativa fue seguida de un no me servís para nada.
Había vivido sola desde la muerte de su marido. Los hijos decidieron ponerle  una mucama que se quedara a dormir pero la morfina le traía  alucinaciones que  la hacían volverse en contra de su empleada. Las corridas nocturnas a su casa se sucedieron y esa  hija, que se ocuparía de bañarla, tomó la posta, iría un tiempo a su casa, después verían.
Entonces los espejos empañados del baño recuperaron a aquella Perla de fina piel transparente, cabellos rubios, ojos celestes y pestañas blancas que tenían que pintarle para permitirle una mejor visión. Revivió sus tardes de juegos infantiles, cuando hurtaba con sus primos los frascos de arenques preparados por su mamá y se daban grandes panzadas escondidos debajo de la escalera del patio de su casa de la calle Victoria.  Cómo disfrutaba, ya de adolescente, ir en bicicleta hasta el Club de Gimnasia y Esgrima, para jugar al tenis. Lo bien que montaba  a caballo durante las vacaciones en las sierras de Córdoba. 
Madre e hija dialogaban entre risas y llantos.
-hija, ¿te conté que el día que mis padres se casaron, mi papá se jactaba de tener cuarenta centavos en el bolsillo? Esta hija ya sabía del coraje de su abuelo  José, él mismo  le había contado como huyó de su casa a los quince años. También le había contado como llegó hasta Copenhague y se introdujo como polizón en un barco que llegó a Buenos Aires. Se ufanaba de haber huido de los progroms, del hambre, de las  guerras que lo hubieran tenido como un muerto más.
La hija le pidió que le hablara de Sara, su abuela, a la que no conoció. La voz de Perla tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas. Perla  en ese momento pasó a ser una  hija, una   hija que necesitaba  a su madre.
Sara, también había llegado en un barco, a los quince años.  La habían mandado sola a la lejanísima Buenos Aires, donde ya vivía una hermana mayor casada. Sara no tuvo tiempo para añoranzas, cuando llegó a esta tierra, su hermana le ordenó barrer, limpiar y cocinar para toda su familia, con eso se ganaría el pan y la cama.  Tenía tanto trabajo para hacer que sus palabras y sus lágrimas  quedaron dentro de su garganta  entretejiéndose con sus células, desflorando a  sus cuarenta años en un cáncer impiadoso.  
Y entonces ocurrió:
                                    Aquella atmósfera húmeda y caliente
                                                                    logró traspasar su coraza.
Perla titubeaba.
                                Una fuerza poderosa la obligaba a bucear sin censura.  
Ella había crecido  rebelde y firme en sus convicciones. Y un día, estaba con Sara, su mamá, en la puerta del zaguán para abrirle  la puerta al tío, el marido de su hermana mayor. Perla advirtió un pequeño gesto: la mano de él tocaba el cinturón del batón materno. Una sutil actitud que derivó en una debacle familiar.
 A solas, la madre le confesó que cuando llegó al país su hermana se la apropió como sirvienta y que su marido abusaba de ella.
Más tarde Sara,  había conocido a José,  obrero en la fábrica de camas de hierro  de su cuñado. Nunca le pudo confesar a su marido nada de todo aquello, menos aun cuando se convirtió casi en  socio de su cuñado.
Ella  no era de quedarse quieta. Nunca explicó su extraña conducta,  porque nunca develó el secreto que su madre le confiara. Siempre pasó por ser una niña loca, una mandona insoportable que separó las familias, y que no dejó entrar más al tío a su casa.
En la familia nadie la perdonó. Ella tampoco perdonó a nadie.
Liberada de los secretos. Se acababan las tristezas.
                          Ahora podían llorar juntas.
 Su hija le otorgaba todos los perdones.
                                                                   Quedaba poco tiempo.
                                                                             Pronto su madre podría cobijarse con Sara.
BEATRIZ BLEJMAN, JULIO DE 2014
 

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