miércoles, 23 de julio de 2014

"1951", por Ana María Marafuschi


"1951"
 Por Ana María Marafuschi
 
Corría el año 1951. Yo cursaba el segundo año del doctorado en química. Tanto las Facultades de  Filosofía como de Ciencias e Ingeniería eran los baluartes intelectuales del anti- peronismo. Hacía unos meses, la policía había realizado un acto de conmemoración de la “Campaña al Desierto”, como si se pudiera festejar la masacre de los indígenas y su posterior esclavización. El acto tenía lugar frente al monumento del sanguinario Julio Rocca, sito frente a la esquina de Perú al 200 y Av. Julio Rocca. A la Facultad de Ciencias se entraba por Perú 222, pero nuestro laboratorio de Química Analítica tenía un ventanal sobre la esquina de Perú y la avenida. De manera que para sabotear el acto -bueno, para molestarlos un poco- y escondidos detrás de la ventana nos dedicamos a tirarles moneditas. Al principio no sabían de donde venían, pero finalmente no les fue difícil ubicarnos. En ese momento se lo aguataron y no promovieron ningún desmán reivindicativo . Pero… unos meses más tarde la ocasión se dió.
Estábamos  reunidos en el patio de la que  hoy es la Manzana de la Luces, todos los estudiantes de Química y de Ingeniería. El motivo era declarar la huelga hasta que apareciera Ernesto Bravo, condiscípulo de química, que había sido secuestrado y torturado por Amoresano y Lombilla los esbirros del régimen.
Cuando Jacobo Corenberg Presidente del Centro de estudiantes de Ingeniería : “La Línea Recta” hablaba a la multitudinaria asamblea en representación de todos los alumnos de Ingeniería y del Doctorado en Química declarando oficialmente la huelga, alguien que estaba  infiltrado  a su lado se lo llevó preso
En ese mismo momento en la puerta de Perú 222 un comando de la policía irrumpió después de golpear al inefable Bedel Mariños que les estaba informando que la policía no podía entrar a un claustro universitario puesto que éste era autártico.
Era la primera vez que se profanaba con la policía un claustro Universitario, de allí el candor del magnífico Mariños.
¡Y no fue la última ¡ Cada dictadura implementó métodos cada vez mas elaborados y sangrientos, sobre las Universidades, alumnos y docentes y no sólo durante dictaduras cívico militares sino también durante  períodos técnicamente de gobiernos cívicos.
Bueno sigamos en el insólito 1951!
A los pocos segundos de la profanación del claustro,  yo que me encontraba al pie de la escalerita que conducía a la galería que daba al patio, osé mirar para atrás.
El pánico se apoderó de mi. Justo detrás mío, casi encima, descubrí   una mole humana, un uniformado, alto, grueso, muy morocho, con el bastón de la represión en alto. Jamás se me borró esa imagen, ni el terror que sentí, pensé que no me salvaba de una buena golpiza. En menos de un segundo pensé lo que eso podría significar para toda mi vida más allá de los dolores físicos ineludibles
No sé de donde saqué fuerzas, pero subí por las escaleras, llegué a la galería, corrí, corrí por toda ella. Algunos compañeros que  a mi alrededor también corrían  siguieron subiendo hacia la biblioteca. Insisto, no se qué fue lo que me iluminó en ese instante, pero decidí continuar hacia el Decanato, lo atravesé (estaba vacío) y por la puerta que yo sabía daba a la calle salí. Adopté una posición  de transeúnte común, aunque seguían los efectivos policiales  adentro y por supuesto también afuera con los carros en los que se llevarían  a muchos de mis compañeros presos .
Caminé despacio, pero asustadísima, hacia Florida y tomé el subte.
Me había salvado no solo de  entrar en la cárcel, sino de poder seguir con los estudios, ya que mis padres no me lo hubieran permitido, temerosos de que me convirtiera en una “roja”, pero además jamás me hubieran perdonado que yo su única hija, pasara unos días en la cárcel. Creo que mi vida hubiera  cambiado de cuajo si no hubiera tenido la lucidez de escapar por una vía segura que el terror me ayudó a elegir.
Muchos de mis compañeros fueron apresados, varones y mujeres. Pero  eran “presos legales” y después de unos días los largaron. Las mujeres fueron alojadas en una celda donde las otras presas eran prostitutas, fue una rara experiencia. Las mujeres de la calle, eufemismo con se las designaba fueron muy amables y comprensivas con las aterradas presas  nuevas y hasta les dieron de comer de sus propias vituallas, mucho más apetitosas que las provistas por la cárcel.
Pero a pesar de todo ese despliegue policial las cosas se les escaparon de las manos y conseguimos nuestro propósito: Ernesto Bravo apareció. 
 En  la facultad se realizó un multitudinario acto en honor a Ernesto.
Allí estaba él, bastante maltrecho todavía, con un brazo en cabestrillo, un ojo tapado pero ¡Vivo!
        

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