"1951"
Corría el año 1951. Yo cursaba el
segundo año del doctorado en química. Tanto las Facultades de Filosofía como de Ciencias e Ingeniería eran
los baluartes intelectuales del anti- peronismo. Hacía unos meses, la policía
había realizado un acto de conmemoración de la “Campaña al Desierto”, como si se
pudiera festejar la masacre de los indígenas y su posterior esclavización. El
acto tenía lugar frente al monumento del sanguinario Julio Rocca, sito frente a
la esquina de Perú al 200 y Av. Julio Rocca. A la Facultad de Ciencias se
entraba por Perú 222, pero nuestro laboratorio de Química Analítica tenía un
ventanal sobre la esquina de Perú y la avenida. De manera que para sabotear el acto -bueno, para molestarlos un poco- y
escondidos detrás de la ventana nos dedicamos a tirarles moneditas. Al
principio no sabían de donde venían, pero finalmente no les fue difícil
ubicarnos. En ese momento se lo aguataron y no promovieron ningún desmán reivindicativo
. Pero… unos meses más tarde la ocasión se dió.
Estábamos reunidos en el patio de la que hoy es la Manzana de la Luces, todos los
estudiantes de Química y de Ingeniería. El motivo era declarar la huelga hasta
que apareciera Ernesto Bravo, condiscípulo de química, que había sido
secuestrado y torturado por Amoresano y Lombilla los esbirros del régimen.
Cuando Jacobo Corenberg
Presidente del Centro de estudiantes de Ingeniería : “La Línea Recta” hablaba a
la multitudinaria asamblea en representación de todos los alumnos de
Ingeniería y del Doctorado en Química declarando
oficialmente la huelga, alguien que estaba
infiltrado a su lado se lo llevó
preso
En ese mismo momento en la puerta de Perú 222 un comando de la policía
irrumpió después de golpear al inefable Bedel Mariños que les estaba informando
que la policía no podía entrar a un claustro universitario puesto que éste era
autártico.
Era la primera vez que se profanaba con la policía un claustro
Universitario, de allí el candor del magnífico Mariños.
¡Y no fue la última ¡ Cada dictadura implementó métodos cada vez mas
elaborados y sangrientos, sobre las Universidades, alumnos y docentes y no sólo
durante dictaduras cívico militares sino también durante períodos técnicamente de gobiernos cívicos.
Bueno sigamos en el insólito 1951!
A los pocos segundos de la profanación del claustro, yo que me encontraba al pie de la escalerita
que conducía a la galería que daba al patio, osé mirar para atrás.
El pánico se apoderó de mi. Justo
detrás mío, casi encima, descubrí una mole humana, un uniformado, alto, grueso,
muy morocho, con el bastón de la represión en alto. Jamás se me borró esa
imagen, ni el terror que sentí, pensé que no me salvaba de una buena golpiza. En
menos de un segundo pensé lo que eso podría significar para toda mi vida más
allá de los dolores físicos ineludibles
No sé de donde saqué fuerzas,
pero subí por las escaleras, llegué a la galería, corrí, corrí por toda ella.
Algunos compañeros que a mi alrededor
también corrían siguieron subiendo hacia
la biblioteca. Insisto, no se qué fue lo que me iluminó en ese instante, pero
decidí continuar hacia el Decanato, lo atravesé (estaba vacío) y por la puerta
que yo sabía daba a la calle salí. Adopté una posición de transeúnte común, aunque seguían los
efectivos policiales adentro y por
supuesto también afuera con los carros en los que se llevarían a muchos de mis compañeros presos .
Caminé despacio, pero
asustadísima, hacia Florida y tomé el subte.
Me había salvado no solo de entrar en la cárcel, sino de poder seguir con
los estudios, ya que mis padres no me lo hubieran permitido, temerosos de que
me convirtiera en una “roja”, pero además jamás me hubieran perdonado que yo su
única hija, pasara unos días en la cárcel. Creo que mi vida hubiera cambiado de cuajo si no hubiera tenido la
lucidez de escapar por una vía segura que el terror me ayudó a elegir.
Muchos de mis compañeros fueron
apresados, varones y mujeres. Pero eran
“presos legales” y después de unos días los largaron. Las mujeres fueron
alojadas en una celda donde las otras presas eran prostitutas, fue una rara
experiencia. Las mujeres de la calle, eufemismo con se las designaba fueron muy
amables y comprensivas con las aterradas presas
nuevas y hasta les dieron de comer de sus propias vituallas, mucho más
apetitosas que las provistas por la cárcel.
Pero a pesar de todo ese despliegue
policial las cosas se les escaparon de las manos y conseguimos nuestro propósito:
Ernesto Bravo apareció.
En la
facultad se realizó un multitudinario acto en honor a Ernesto.
Allí estaba él, bastante maltrecho
todavía, con un brazo en cabestrillo, un ojo tapado pero ¡Vivo!
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