miércoles, 23 de julio de 2014

"Raíces", por María Pía Lancelotti


 

RAÍCES

 por María Pía Lancelotti

Ahora es un negocio de sweaters. Hace tiempo que tenía ganas de  traer a los chicos a  conocer   la casa de mis abuelos donde transcurrió mi infancia y parte de mi adolescencia. El bow window del antiguo living devino en vidriera.  No puedo dejar de recordar los pesados cortinados verdes que nos servían de escondite perfecto cuando jugábamos a las escondidas. Ahora su lugar lo ocupan unos maniquíes con sweaters, calzas y bufandas. Los chicos parecen intuir la impresión que me causa, pero son todavía muy jóvenes para la añoranza. Disfrutan su presente y ansían el futuro. Cómo comprender entonces esta casa y su historia, escrita por tres generaciones?.
 
Al cruzar la pesada puerta de madera me impactan los cambios, las ausencias, pero sobre todo las presencias. Casi tangibles las almas que habitaron este hogar se hacen presentes, como en los cuentos de Isabel Allende. Mi abuela encendiendo la salamandra, mi abuelo bajando la escalera de madera luego de horas de estar encerrado en el altillo, su lugar en el mundo y el lugar favorito de sus nietos. Subir hasta allí, era entrar en otra dimensión. Los escalones rechinaban bajo nuestros pies y nos conducían hasta ese ambiente amplio e inundado del olor a libros. El mismo que percibo en las librerías y que siempre me transporta al escritorio de mi abuelo con sus paredes cubiertas de las sobrias bibliotecas Thompson, atiborradas de libros. En el medio, el gran escritorio de caoba y tapa de cuero verde con su desorden de papeles, libros, notas, lapiceros. Y en el centro presidiendo como una reina, la vieja Remington. Mis hermanos y yo nos peleábamos por sentarnos en el sillón giratorio y empezar a teclear, esperando que el golpeteo produjera la magia de ver aparecer en fila nuestras palabras en el papel. Las teclas me encantaban. Su material me atraía como los caramelos y no podía dejar de acariciarlas con las yemas de mis dedos regordetes. A veces pretendía ser una eximia escritora y tecleaba desenfrenada hasta que alguno de mis dedos quedaba atrapado entre las teclas, y los brazos de fino metal que ellas comandaban, se trababan cruzados en señal de protesta. Los destrababa y volvía a teclear hasta escuchar el ring que me avisaba que llegaba el final y me invitaba a impulsar la palanquita para bajar de renglón y volver a empezar. Un poco más allá, solía estar el atril con las partituras y el violín, que sólo mi abuelo podía tocar. 
Los chicos miran para abajo un poco avergonzados cuando se me acerca la vendedora. Le explico:
-Yo viví en esta casa y me encantaría poder mostrársela a mis hijos. 
-Ah! Bueno pero solo pueden pasar hasta acá. No pueden subir, me contesta ella, tajante. 
Comienzo la recorrida.
 
-Ven, ésta es la salamandra que siempre les cuento y… miren, acá en el piso, donde pusieron esta tapita, estaba el timbre que mi abuela usaba para llamar a la mucama.
 
Los chicos me miran aburridos. No logro transmitirles lo que siento. Ellos no conocieron a mis abuelos No llegan a comprender mi sentimiento de pertenencia. Mi bisabuela, mis abuelos, mi papá y sus hermanos vivieron esta casa. Aquí se comenzó a escribir nuestra historia. Los siento allí presentes, acompañándome en la recorrida. Los veo reunidos en la gran mesa del comedor. Mi bisabuela, Mamima, en la cabecera, con su rodete blanco y su sonrisa eterna. Una sola vez pude verla con su infinito pelo suelto. Fue una noche en que habíamos pasado por la casa de mis abuelos, por algún motivo que hoy no recuerdo. Ya era tarde y mientras mi papá se entretenía charlando con mi abuelo, yo corrí a saludarla. Abrí la puerta sin detenerme y ahí la vi, sentada en su tocador peinándose. Su imagen, rodeada de una capa plateada que colgaba a centímetros del piso quedó para siempre grabada en mi memoria. El momento del té era para ella toda una ceremonia. Usaba el juego de porcelana inglesa. Y nos daba, a escondidas de mi abuela, las galletitas boca de dama cubiertas en chocolate que nosotros devorábamos, con la doble satisfacción de comer algo tan rico  que estaba destinado sólo para los grandes.  
Me acerco a la vendedora y le pido permiso para pasar a la zona de probadores. Abarcan lo que antiguamente era el pasillo que llevaba a la parte de servicio. Allí estaba el toilette, de unas dimensiones inimaginables hoy en día. Está todo reformado. No queda nada de lo original. Cuatro boxes con cortinas ocupan su espacio.  Tras la puerta de madera, al final del corredor, recuerdo la cocina. Amplia. Dividida en dos. Con la heladera Siam y el antiguo horno a carbón convertido en mesada. Recuerdo sus herrajes con terminaciones de porcelana blanca fileteada de azul. Sólo imagino. No puedo pasar a ese sector transformado en oficina según me cuentan. 

-Ma vamos, me dice María apoyando su mano en mi hombro. Siento que algo de mi desilusión percibe e intenta consolarme con ese gesto.

 
Vuelvo al antiguo comedor con los chicos siguiéndome en silencio. Las vendedoras reunidas tras un mostrador me miran indiferentes. No notan las presencias que yo noto. Hasta percibo ese aroma familiar imponiéndose sobre el perfume para ropa. Me acerco a la vidriera. Han avanzado un poco más allá de las bow windows que dejaron como enmarcando ese espacio. Me paro y miro hacia afuera a través de los maniquíes. Tras las rejas, otro paisaje. Ya nada queda en esa cuadra en pie. La imagen no es la misma que encontraba en otra época. Hasta los arboles han cambiado. Me invade una añoranza por la infancia, por el tiempo pasado y los que ya han partido. Esta casa guarda mi prehistoria y mi historia más lejana. Las alegrías, los llantos, la música,  los secretos de los que me precedieron. Sus pasos, sus voces, sus risas, aún resuenan entre sus paredes. Sin embargo esta casa de hoy me es ajena. Miro a mis chicos y ellos me devuelven en silencio la mirada. Veo mi ayer más cercano, mi hoy, mi mañana y ansío poder estar construyendo un hogar donde ellos puedan, en un futuro volver a bucear sus raíces. Acaricio la lustrosa baranda de madera de la escalera y me despido. Los chicos me acompañan en silencio y yo les digo gracias por haber venido. Atrás nuestro, los presiento. Todos ellos nos despiden conmovidos. Y a mis oídos llega, claro y nítido, el sonido de un violín. 

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